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Bajo  el título Antifotoperiodismo el Palacio de la Virreina de Barcelona  expone hasta el 10 de octubre una exposición colectiva con obra de veintisiete artistas, fotógrafos, reporteros, realizadores, compiladores de imagen o teóricos muestran en una serie de trabajos en los que se pone en tela de juicio el fotoperiodismo actual. La lista de autores incluye a Allan Sekula, Ariella Azoulay, Susan Meiselas, Gilles Saussier, Phil Collins, Olivier Chanarin y Adam Broomberg, Renzo Martens, Clemente Bernad, Paul Fusco, Gilles Peres, entre otros muchos autores.

El director artístico del centro barcelonés, Carles Guerra, se ha referido al título de la muestra que “parece agresivo o una crítica frontal al fotoperiodismo”, aunque “pretende suspender por un momento la fe que le tenemos al fotoperiodismo”.

Según se puede leer en los textos de la exposición “El fotoperiodismo se encuentra en el epicentro de un renacimiento asombroso, singular e inesperado. Nuevas prácticas, estrategias, puntos de vista, técnicas y agentes han transformado radicalmente las instituciones y los conceptos fundamentales de la profesión.

Si bien se ha puesto de moda lamentarse de la defunción del fotoperiodismo, la realidad nos sugiere que se está produciendo algo bien diferente. Las nuevas formas de informar sobre los hechos noticiables y la nueva e imaginativa interpretación de qué puede ser noticia han planteado todo un desafío para la figura hegemónica del fotoperiodista que constituía el corazón de esta disciplina.

Se ha producido una revolución repentina desde dentro del sector –el agotamiento de un viejo paradigma y su arrinconamiento por otros nuevos– y también desde fuera, ya que imágenes diferentes y de nuevos tipos han destronado la autoridad absoluta de las viejas formas. Estas visiones críticas –a la vez éticas, políticas, sociales, estéticas, teóricas e incluso epistemológicas– que denominamos, siguiendo la pauta de Allan Sekula, “antifotoperiodismo”, tienen en sí mismas una historia y una multiplicidad de formas, que son las que aquí presentamos.

Tradicionalmente, el fotoperiodismo ha estado gobernado por una serie de tropos: la figura heroica del fotógrafo, la economía de acceso al hecho (estar “lo bastante cerca”, como célebremente dijo Capa), la imagen icónica, el valor de “lo real” y su fiel representación en la imagen, la misión de informar sobre la verdad y transmitírsela a un público distante y, con frecuencia, un compromiso con una especie de actitud de defensa o, como mínimo, de dar testimonio sobre hechos terribles.

El antifotoperiodismo apela a una crítica sistemática de esos clichés, y a un complejo grupo de contrapropuestas. Apela asimismo a una profunda y apasionada fidelidad a la imagen, una imagen desatada del yugo de la tradición y liberada para plantear otras preguntas, formular otras reivindicaciones, narrar otras historias.

En ocasiones, el gesto es reflexivo, autoreflexivo – ¿qué hacemos aquí los fotógrafos? ¿Qué damos por hecho? ¿Cómo trabajamos? ¿Qué esperamos y qué se espera de nosotros?–. En otras ocasiones, el deseo es dar pruebas, no en el viejo sentido de ofrecer sencillamente “pruebas” fotográficas a una opinión pública presuntamente homogénea, sino de una forma mucho más precisa: las fotografías se han convertido en pruebas en los tribunales que persiguen los crímenes de guerra. Unas veces, la innovación es tecnológica, ya sea gracias al trabajo con las avanzadas tecnologías de imagen de satélite o al recurso multitudinario a las bajas tecnologías de imagen en las protestas colectivas. Otras, las prácticas son archivísticas, incluso rayando en lo fetichista. Y otras veces, uno incluso podría preguntarse si realmente necesitamos las imágenes.”

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