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El aroma entre rancio y romántico que destilas las viejas fotografía ha ocupado las salas del La remozada Fundación Lázaro Galdiano que, dentro de  PHotoEspaña 2011, ofrece hasta el 26 de septiembre la exposición Una imagen para la memoria: la carte de visite. Colección de Pedro Antonio de Alarcón organizada con la colaboración de la “la Caixa” y el Ministerio de Cultura y centrada en el formato fotográfico que, mucho antes de que las revistas del corazón existieran con su crónica social, era el vehículo mediante el que todas las clases sociales conocían y recordaban la imagen de los personajes sociales destacados.

En 1854 André Alphonse Disderi patentó una nueva forma de presentación de las fotografías a partir de una cámara con múltiples objetivos con la que obtenía, en una sola sesión y de un único negativo, varias impresiones fotográficas en carte de visite. Este formato, de aproximadamente 9 x 6,5 cm, permitió la confección de álbumes en los que se conserva la memoria colectiva de personajes, lugares, monumentos y hechos del siglo XIX y dio lugar a una nueva moda: coleccionar e intercambiar estas imágenes -el retrato fue el género que gozó de mayor aprecio- que se mostraban en reuniones sociales y familiares.

Pedro Antonio de Alarcón reunió sus cartes de visite en álbumes que, sobre todo, son los álbumes de su memoria pues en ellos se hallan sus amigos y aquellas personas que tuvieron un significado especial en su trayectoria profesional y personal, y otras que se encontró en sus viajes artísticos y poéticos, con escaso equipaje, o en la guerra de África, donde fue testigo y sentó plaza de soldado.

La muestra constituye, además, una galería de personajes ilustres del siglo XIX: Pío IX, Napoleón III, Amadeo I de Saboya, Juan Prim, la duquesa de Alba, el duque de Rivas, Francisco Asenjo Barbieri, Emilio Castelar, Carolina Coronado, Adelardo López de Ayala, Gaspar Núñez de Arce, Leopoldo O’Donnell, Joaquín Francisco Pacheco, Nicomedes Pastor Díaz, Julián Romea, Antonio Ros de Olano, Antonio María Segovia Izquierdo y Ventura de la Vega, entre otros. De todos ellos tenemos  la imagen fiel de la fotografía, la imagen que el retratado había elegido de forma meditada para que se difundiera y que así se le recordase.

Fotógrafos extranjeros
En la colección de cartes de visite de Pedro Antonio de Alarcón que custodia la Fundación Lázaro Galdiano están representados gran parte de los mejores fotógrafos del siglo XIX. Sin duda se debe a los personajes retratados -nobles, aristócratas, intelectuales, políticos, artistas, literatos- y al interés del escritor por la imagen, como acreditó en todas sus actividades.

De los setenta fotógrafos de la colección, treinta tuvieron estudios abiertos en Francia, Italia, Austria, Estados Unidos, México y Reino Unido, y el resto, incluido un nutrido grupo de transeúntes llegados desde el extranjero, residieron en España. Esta diversidad es precisamente una de sus características, y otra no menos importante es la cantidad de retratistas de monarcas, príncipes, emperadores o mandatarios, como justifican los elegantes escudos de los dorsos.

El elenco de fotógrafos extranjeros es extraordinario, con el gran Disdéri a la cabeza, del que se conservan 42 originales. Sus positivos a la albúmina alcanzaron gran popularidad, sobre todo desde que el emperador Napoléon III acudió a su estudio para retratarse. Fue nombrado fotógrafo oficial de las cortes de Francia, Inglaterra, Rusia y España y gracias a la prosperidad del negocio abrió estudios en Londres, Toulouse y Madrid. A pesar de haber conseguido una gran fortuna, sus inversiones en nuevos proyectos y negocios decayeron progresivamente y terminó sus días, enfermo y arruinado, como fotógrafo ambulante en las playas de Niza. Además de Disdéri destacan otros nombres como Nadar, Ken, Le Gray, Altobelli y Molins, Bassano, Bernoud o Mayer & Pierson, cuyos retratos son considerados los más elegantes de la fotografía decimonónica.

Fotógrafos españoles
Los autores españoles, o afincados en España, de la colección son los de máximo prestigio. Algunos de ellos, como Godínez, Cosmes de Cossío, el conde de Lipa o el conde de Vernay dejaron excelentes muestras de sus trabajos en varias ciudades. Sin embargo, los fotógrafos con más obras son los retratistas que tenían gabinete en Madrid, las figuras relevantes en la historia de la fotografía española de la época: José Martínez Sánchez, Jean Laurent, Ángel Alonso Martínez, Martínez de Hebert y Eusebio Juliá.

Martínez Sánchez (Bicorp, Valencia, 1808 – Madrid, 1874) abrió estudio en Valencia y después se instaló en la Puerta del Sol de Madrid. Realizó reportajes sobre obras públicas y viajes de la familia real y fue fotógrafo de cámara del infante don Sebastián Gabriel. En enero de 1864 comercializó el colodión instantáneo al aire libre que él mismo preparaba.

Laurent (Garchizy, Nevers, Francia, 1816 – Madrid, 1886) desarrolló su actividad en España, donde residió desde 1843. En 1857 abrió galería fotográfica en la Carrera de San Jerónimo, junto al Congreso de los Diputados y obtuvo el título de «Fotógrafo de S. M la Reina». Viajó por España fotografiando monumentos y obras de arte y, con José Martínez Sánchez, formó la Societé Leptographique y patentó el proceso leptográfico, en 1866, que permitía obtener positivos de gran calidad.

Hebert (Vitoria, 1840 – Madrid hacia 1900) fue retratista de la Casa Real y miniaturista de Cámara de Sus Majestades y Altezas Reales. Colaboró con Federico de Madrazo y fue un excelente retocador. Creó un modelo especial de carte de visite que denominó «tarjeta camafeo», con dorsos preciosistas y una producción extraordinaria.

Juliá (Madrid, 1830 – 1895) se formó en París y abrió estudio en Madrid en 1855. Fue retratista oficial de Isabel II. Su galería estuvo en el número 22 de la calle del Príncipe y tenía dos sucursales, una en la calle Visitación de Madrid y otra en París en el número 50 de la rue Faubourg Saint Denis.

Pedro Antonio de Alarcón
Alarcón nació en Guadix, Granada, el 10 de marzo de 1833 y murió en Madrid el 19 de julio de 1891. Su biografía y sus creaciones literarias, desde El escándalo o El niño de la bola hasta El sombrero de tres picos, pasando por otras que alcanzaron un notable éxito editorial cuando vieron la luz como Diario de un testigo de la guerra de África o De Madrid a Nápoles, hoy son poco conocidas a pesar de ser uno de los más notables autores del siglo XIX, que destaca especialmente por su habilidad como narrador. Aunque cabe recordar el cambio radical en su trayectoria personal y como escritor, desde una primera etapa, en la que manifestó sus ideas anticlericales y antimonárquicas en la prensa, hasta la segunda, cuando adoptó una postura católica y conservadora, ahora sólo destacaremos algunos episodios puntuales de su «itinerario» que quedan especialmente reflejados en sus álbumes de fotografías, pues ahí están los protagonistas.

Alarcón perteneció a la Cuerda Granadina, una asociación literaria y artística, y guardaba las fotografías de los integrantes de la misma. Después formó parte de la Colonia Granadina, cuando se estableció en Madrid, y también vemos en la colección de cartes de visite a buena parte de sus componentes. Incluso está la de José Heriberto García de Quevedo, con quien se retó en duelo; un suceso que influiría decisivamente en su cambio ideológico y en su trayectoria personal. Como recuerdo de su paso por la guerra de África atesoraba las imágenes de todos los jefes militares que estuvieron al frente del ejército español. Y, finalmente, conservó las de los artistas y escritores españoles que encontró durante su viaje por Italia cuando escribió su obra De Madrid a Nápoles; incluso la de Pío IX, que le recibió en audiencia, o la de Rossini, a quien conoció en París. A veces por azar y en otras de forma meditada se encontró con sus amigos en más de una ocasión y en lugares muy distantes. Al contemplar los álbumes los tenía siempre a la vista, aunque también se hallaría con otros con los que, tal vez porque con el paso del tiempo su amistad se trocó en despego, no se volvería a encontrar en el camino de la vida.

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