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No es porque tenga el Premio Nacional de Fotografía, ni porque a sus 54 sea un autor consagrado hace décadas, es porque es él o, mejor, porque sus obras no dejan lugar a dudas de que son suyas. De Chema Madoz se ha dicho de todo y bueno, pero en el desván de calificativos con el que se ha cincelado su fama, surrealista y poético son para mí las palabras que mejor lo definen.

El Madoz de siempre, el ocurrente, el sutil, el polisémico está exponiendo en estas fechas ya cercanas a ARCO en la galería Moriarty de Madrid una muestra de su trabajo último. Son 17 imágenes en blanco y negro –la mayoría en gran formato–, elaboradas los dos últimos años y van a estar expuestas hasta el 29 de febrero.

La mayoría de las imágenes han necesitado para nacer al artista, fotógrafo y artesano también, capaz de modificar los objetos para “pervertirlos” o hacerlos virtuosos quizás. Pero por primera vez, Madoz ha dejado abierta una rendija a lo digital y ha empleado técnicas de procesado que le han tomado el relevo a sus manos como herramienta de la creatividad. Tras dar este paso, el artista declaraba  “hasta ahora las imágenes las manipulaba yo solo pero en esta ocasión he necesitado echar mano de otros porque algunas imágenes se han resuelto con técnicas digitales. Es un trabajo que yo no podía hacer”.

Decía Chema Madoz también que “tengo la sensación de que hay algunas de estas nuevas obras que se apartan de mi trabajo de siempre porque carecen de carácter como objeto, es decir, no tienen uso”.

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