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La Sala de Exposiciones San Benito de Valladolid ofrece hasta el 23 de agosto la exposición “Emile Zola. Fotógrafo” que muestra por primera vez en España el lado “optimista y vital” de este escritor francés, padre del naturalismo, a través de noventa fotografías en las que plasma momentos familiares, oficios de la época y paisajes de ciudades donde vivió, como Londres y París.

Emile Zola descubrió la fotografía en 1888, el mismo año en que aparece Le Rêve y en el que se enamora de Jeanne. Su editor, Charpentier, también era fotógrafo y como él el escritor se entusiasma  inmediatamente por esta nueva forma de expresión: compra varias cámaras, busca nuevas técnicas, revela él mismo sus negativos, experimenta con nuevos papeles y acaba teniendo tres laboratorios en Medan, París y Villennes. En su viaje a Inglaterra vuelve su mirada a la vida cotidiana; la calle, las mansiones y los paisajes, pasando por alto  los monumentos

El estilo de Zola debe mucho a lo que ha aprendido en su juventud de los pintores que tanto frecuentó. De la mano de su amigo Paul Cézanne, Zola conoció a  Monet, Renoir y Pissarro, seguramente por ello,  algunas fotografías, como la de Jeanne con su sombrilla en la carretera de Verneuil, recuerdan irremediablemente a Claude Monet. Al igual que a los impresionistas, le divierte trabajar sobre series, el mismo paisaje urbano con el mismo encuadre en diferentes estaciones del año; con sol, con lluvia, con nieve… Se apasiona también con la fotografía íntima (retratos de amigos, de la familia, de Jeanne) y retratos de “tipologías” (hizo ir a Medan a los gitanos sólo para retratarlos) así como con las escenas de lo cotidiano y de los oficios.  Pero Zola también se interesa por la actualidad, como demuestra su trabajo en la Exposición Universal de 1900, para la cual inventó una ingeniosa técnica, utilizando el tren que recorría el recinto, para realizar una serie completa de fotografías, que dan una visión de 360 grados de la exposición como en las modernas panorámicas.

Sorprendentemente, Zola nunca se sirvió de sus fotografías a la hora de preparar sus novelas. En todos las carpetas de Rougon-Macquart sólo hay una fotografía, una vista panorámica de París que le sirve para Une page d´Amour, pero la imagen no era suya. Zola fotografíaba y escribía, pero nunca relacionó una disciplina con la otra. Por ejemplo, en su viaje a Roma, Zola hizo numerosas fotografías y llevó un cuaderno de viaje; las notas le sirvieron para escribir Roma, pero sus imágenes no parecen haber tenido ninguna influencia en su novela, a diferencia de lo que ocurre con los hermanos Goncourt, que escribieron una novela sobre la ciudad partiendo de las acuarelas que pintaron en Roma. Aparentemente, Zola concebía la fotografía como una actividad independiente de la literatura.

Su obra fotográfica es considerable, se estima que pudo hacer unas 5.000 placas, Una  parte de su obra ha sido publicada por François-EmileZola y Massin (Zola photographe, Denöel 1979, reeditado Hoëbeke 1990).

EL FOTÓGRAFO ZOLA

Cuando el autor de Germinal y Nana visitó en 1900 la Exposición Universal de París, no iba provisto de un cuaderno de apuntes, sino de una cámara fotográfica.

La fotografía, el más dinámico arte de fijar la realidad, era aún una disciplina joven. Pero desde los tiempos del daguerrotipo y el calotipo, el invento colectivo de pioneros como Bayard, Daguerre, Niépce o Talbot había conocido un prodigioso progreso técnico. La mejora en la sensibilidad de las emulsiones había permitido acortar los tiempos de exposición desde aquellas legendarias ocho horas de las primeras fotografías en días soleados hasta apenas unas décimas de segundo, ya había cámaras portátiles e incluso de bolsillo, y en París, como en las demás ciudades importantes de Europa y América, proliferaban los estudios. Los fotógrafos estaban embriagados por esta pasión de «inscribir». Frente a las artes tradicionales «descriptivas», la fotografía permitía que la realidad se «inscribiera» a sí misma. El progreso técnico no siempre iba de la mano de un progreso artístico. Si los primeros fotógrafos solían ser pintores que aplicaban sus conocimientos a la nueva expresión, la vulgarización de la fotografía propició que ésta cayera en brazos de profesionales que se limitaron en muchos casos a satisfacer la demanda de su clientela, ansiosa por retratarse ante un fondo floral o junto a columnas de factura romana.

Son especialmente deliciosas las imágenes de su otra familia. Fruto de su romance con Jeanne Rozerot, costurera contratada por su mujer, Émile tuvo dos hijos, Denise y Jacques. Vivían en Verneuil, no muy lejos de su residencia de Médan, en la ribera del Sena, y durante varios años los visitó a diario en bicicleta y compartió con ellos, nos atrevemos a decir, sus momentos de privacidad más plenos. Los retratos de Jacques, Denise y la propia Jeanne nos revelan a un fotógrafo sin afectación, que conocía la técnica y que se complacía en congelar con luz instantes cotidianos y de intimidad.

EMILE ZOLA (París, 1840 – 1902)

Hijo de Francesco Zola, ingeniero emigrante italiano, y de Émilie Aubert, proveniente de la pequeña burguesía francesa, pasó su infancia en Aix-en-Provence y estudió en el colegio Bourbon. Fue compañero de Paul Cézanne, con quien mantuvo una sólida amistad, y tomó contacto con la literatura romántica, especialmente con la narrativa de Victor Hugo y la poesía de A. De Musset, su favorito. Al morir su padre en 1847, se trasladó a París junto a su madre y continuó sus estudios en el instituto Saint-Louis. Tras fracasar en su examen de graduación, en 1859 consiguió un empleo administrativo en una oficina de Aduanas y en 1862 empezó a trabajar para el departamento de publicidad de la editorial Hachette. Se interesó por la poesía y el teatro, y colaboró para periódicos como Le Figaro, Le Petit Journal y Le Salut Public.

Sus primeros libros publicados fueron un conjunto de relatos titulados Cuentos a Ninon (1864), y una novela autobiográfica con influencia del romanticismo, La confesión de Claude (1865). Escribió dos obras de teatro que no fueron representadas, La fea (1865) y Magdalena (1865), y en 1866 fue despedido de Hachette. Comenzó a trabajar como cronista literario y artístico en el periódico L’Événement, y publicó los trabajos de crítica pictórica Mis odios (1866) y Mi salón (1866), donde hizo una enérgica defensa de Manet, cuestionado en esa época por los sectores académicos.

A partir de ese momento se dedicó por completo a escribir, se alejó paulatinamente del romanticismo y sintió afinidad con el movimiento realista y el positivismo. Aplicó su experiencia periodística en Los misterios de Marsella (1867), una novela folletinesca, y publicó su primera obra importante, Teresa Raquin (1867), con la que ganó cierto prestigio en el ambiente literario.

Con la novela Madeleine Férat (1868) fue consolidando su estilo, y la lectura de Introducción a la medicina experimental, de Claude Bernard, lo inspiró para concebir un conjunto de novelas escritas “con rigor científico”, donde quería relatar la historia natural de varias generaciones de una familia bajo el Segundo Imperio.

Así nació la monumental serie Los Rougon-Macquart, integrada por La fortuna de los Rougon (1871), La ralea (1871), El vientre de París (1873), La conquista de Plassans (1874), La caída del Abate Mouret (1875), Su excelencia Eugène Rougon (1876), La taberna (1877), Una página de amor (1878), Naná (1879), Lo que se gasta (1882), El paraíso de las damas (1883), La alegría de vivir (1884), Germinal (1885), La obra (1886), La tierra (1887), El sueño (1888), La bestia humana (1890), El dinero (1891), La derrota (1892), y El Doctor Pascal (1893).

En los 31 volúmenes que comprenden las veinte novelas trazó la genealogía de más de doscientos personajes y sus textos fueron tan elogiados como criticados. Recibió duros cuestionamientos por parte de escritores católicos como M. Barrès, L. Bloy y B. d´Aurevilly que veían en el carácter positivista de su obra signos de decadencia, dogmatismo y una “absoluta carencia de espiritualidad”.

Su obra ensayística comprende volúmenes teóricos sobre el naturalismo, como La novela experimental (1880), El naturalismo en el teatro (1881), Nuestros autores dramáticos (1881), Los novelistas naturalistas (1881), Documentos literarios (1881), y Una campaña (1882); así como textos de crítica y polémica, entre los que destacan Viaje de vuelta (1892), Nueva campaña (1897), y fundamentalmente ¡Yo acuso! (1898), un extenso artículo dirigido al Jefe de Estado francés y publicado originalmente en el periódico L’Aurore, donde defendió la inocencia del capitán de origen judío A. Dreyfus, acusado de alta traición a la patria por los militares antisemitas. Tras la muerte de Zola, Dreyfus fue rehabilitado y Zoal enterrado seis años después de su muerte en el Panteón de Hombres ilustres de Francia

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