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Trauma y las imágenes fantasmas es el título de la última exposición fotográfica de Joan Fontcuberta que va a estar abierto al público hasta el 3 de febrero de 2017 en la galería Angels Barcelona y que se puede definir como un proyecto de arqueología visual realizado con material del archivo fotográfico de Barcelona.

Los fotógrafos necesitan dos máquinas para hacer sus imágenes una es la cámara que se pone delante del ojo y la otra la cabeza donde ese ojo está insertado. En el caso de Joan Fontcuberta, uno de los grandes autores de la fotografía española contemporánea, el proceso  mental para llegar a crear y proponer imágenes conlleva una larga y sofisticada elaboración mental en la que la fotografía  como tal juega distintos papeles unas veces protagonista, otras desencadenante de una reflexión teórica.

Esta es la cuarta exposición individual en la Galería presenta con la obra de Joan Fontcuberta.  para realizarla el autor se ha preguntado qué pasa cuando una fotografía abandona su imagen, cuando libera su alma. ¿Qué queda cuando una fotografía ya no señala una realidad hacia fuera de sí misma y solo permanece el sustrato, el residuo, a penas unas manchas de sustancias químicas sensibles a la luz?

Joan Fontcuberta, Premio Nacional de Fotografía del Ministerio de Cultura de España, convierte una docena de fotografías “enfermas” en las protagonistas de su nuevo proyecto. El fotógrafo parte de la hipótesis de que las imágenes experimentan un metabolismo orgánico, por lo que nacen, crecen, se reproducen y mueren, quedando unos “vestigios” que anulan “la información que ellas mismas contenían”.

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La docena de obras que muestra ahora en esta minimalista exposición en la capital catalana proviene del Archivo Fotográfico de Barcelona (AFB), de placas que allí se almacenan de autores desconocidos, descatalogadas, que se usan para clases de restauración y que deberá devolver al terminar su propuesta.

Sin embargo, el artista ha trabajado sobre ellas y propone una reflexión sobre “cómo determinadas imágenes por sí solas nos hacen entender la evolución de esta disciplina y su representación”, mostrando en su día, cuando fueron realizadas, un encuentro familiar, y ahora, deterioradas, sólo una suerte de manchas.

En este punto, pone como ejemplo que una de las imágenes deterioradas que exhibe y que parece plasmar a un niño jugando con un caballo de cartón puede remitir a la estatua ecuestre del general Franco que se colocó hace unos días frente al Born Centre de Cultura i Memòria, mientras que otra de una niña de comunión parece una virgen de una iglesia como la del Rocío, en Almonte (Huelva).

De hecho, quiere “provocar una estratificación de lecturas, que cada visitante vea cosas diferentes” en los cuadros que ha creado.

A su juicio, cada persona “llegará a la galería con un bagaje diferente y tendrá evocaciones diferentes. Son obras abiertas que el espectador debe acabar con su propia interpretación”.

Ha mantenido que, en cambio, en este momento “estamos asistiendo a la avalancha de la fotografía digital, que está transformando, está provocando una auténtica metamorfosis en lo que era la fotografía antes”.

En la exposición, se ven “los residuos de la fotografía analógica, fotoquímica, imágenes enfermas, deterioradas, que sufren, en estado traumático, y por eso el título”.

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Imágenes “con algún tipo de trastorno, alguna patología que provoca que la información que habitualmente llevaban, ya fuera el retrato de un personaje, un paisaje o una arquitectura famosa, se vaya perdiendo debido a las alteraciones químicas o de otro tipo, ya sin referencias con la realidad, quedando sólo la propia sustancia fotográfica”.

Es por este motivo por lo que el fotógrafo muestra una “oda a lo que queda de materialidad en la fotografía química”, a la vez que incita al debate en torno a la autoría.

Él mismo ha reconocido que, a raíz de este proyecto y a las visitas que ha realizado a archivos del norte de España, “ha hurgado” en su propio archivo y ha encontrado imágenes en muy mal estado.

Ha comentado que cuando empezó en el oficio, a finales de los años sesenta, le dejaron dicho que “la foto en blanco y negro si es procesada correctamente tiene una vida de 200 a 250 años, pero se acorta si el procesado no es correcto”.

La fotografía digital, en cambio, “nos ha dejado sin cuerpo, es alma pura”, ha proclamado.

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