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Modern-Tibet-v2Desde hoy y hasta el cinco de enero está abierta al público en Salamanca la exposición “Suspense: Tensión ámbar” del fotógrafo ruso Tim Parchikov que se exhibirá en el Centro de Arte Domus Artium DA2. La muestra, que consta de 54 fotografías en color y una videoproyección, es el resultado de la exploración visual de Tim Parchikov como fotógrafo y cineasta y reúne trabajos creados en ciudades rusas y europeas a lo largo de los últimos cuatro años. La exposición está organizada por diChroma photography.

El proyecto “Suspense” de Tim Parchikov (Moscú, 1983) es el manifiesto visual de la nueva generación “perdida” de jóvenes rusos que, con el cambio de siglo, ha logrado una libertad absoluta de información y de movimientos, así como la ilusión de una comunicación omnipresente, y que sin embargo ha perdido un sistema integrado de juicios de valor y se ha visto inesperadamente enfrentada a un absoluto aislamiento. Sus vidas se han convertido en un solitario viaje en busca de la identidad perdida. Cada alto en el camino y cada encuentro con la realidad durante este viaje se ha convertido en una forma de suspense.

Parchikov a menudo transmite ansiedad mediante la crepuscular dramaturgia de una iluminación de ácidos colores en los que lo invisible, lo indiscernible o los elementos fuera de cuadro son tan importantes como el contenido de la foto. Su habilidad para contrarrestar lo estático y lo dinámico en la fotografía se fundamenta en una magnífica comprensión de la cinematografía. El resultado es un exquisito juego de colores, matices de sombras y contraste, que se esfuerzan por aproximarse al prototipo de su búsqueda: el “film noir” de los cuarenta y el “neo-noir” de los setenta.

Tim Parchikov ha elegido la sala de cine, una imagen clave muy cercana a él, para exponer su proyecto: sus fotografías son brillantes como las pantallas de cine y van acompañadas de una banda sonora. El ruido de fondo que normalmente pasa desapercibido entra en acción en un momento de desasosiego, llenando nuestro campo perceptivo. En el trabajo de Parchikov el suspense penetra en el espacio natural, el espacio urbano, poblándolo con sus personajes.

Parchikov es un prestigioso fotógrafo, cámara y director de cine formado en la Universidad estatal rusa de Cinematografía de Moscú y en la Facultad de Estudios Superiores de Administración y de la pantalla de Escritores, que desde 1998 ha presentado sus trabajos en exposiciones individuales y colectivas, generalmente montadas en su país, además de en otras capitales europeas como Bruselas, París, Madrid, Londres, Roma, Sao Paulo y Lisboa, así como en Ashdod (Israel), Suiza, Estambul y Pingyao (China), entre otros lugares.

Aunque reside en Moscú,  vive y trabaja como fotógrafo independiente, realizador y director de cine en esta capital y en Paris. En su obra se pone de manifiesto la influencia que ejerce su conocimiento del lenguaje y la técnica cinematográfica.

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Fotografía y suspense

En el cine el suspense indica un conflicto no resuelto, un desenlace  impreciso, la acumulación de una ansiedad vaga e inexplicable. Este recurso surgió en los años posteriores a la última guerra, adquiriendo prácticamente al instante una nueva interpretación durante la segunda ola de existencialismo europeo y definiendo perfectamente la incontrolable melancolía que se abalanzó sobre el mundo de la postguerra. Pero a diferencia de la cinematografía, donde el temor se apodera de la audiencia en dosis precisas y a placer del director, en la vida real el estremecimiento involuntario demostró ser incontenible y aplastante. En la actualidad este rasgo humano primordial se ve redoblado y alimentado por los medios de comunicación de masas centrados esencialmente en la catástrofe.  Los servicios de información han globalizado el espacio que habitamos y han borrado los límites internos, pero con un efecto final alienante: nuestra desazón se ha convertido en el aislamiento y la vulnerabilidad del individuo cuando se enfrenta a lo desconocido.

 El fotógrafo se ve obligado a atravesar el espacio visualmente, no físicamente, y en este sentido, como viajero, se encuentra más desprotegido que el resto de nosotros. Se puede ver asaltado por un sentimiento igualmente impredecible de suspense en un desierto dique de Estambul o en el centro de una concurrida plaza de Roma o Nápoles. La fotografía se convierte en un escudo que le protege de la estupefacción y le reconcilia con la incertidumbre. Parchikov intenta registrar la confusión que tiene lugar mientras nuestro delicado equilibrio interno se tambalea al borde del colapso. La experiencia estética personal del fotógrafo pone al descubierto la nerviosa confusión de la situación, documenta su estado de irresolución.

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Voltaje ambarino, por Yuri Avvakumov

¿Qué es lo que atrae a las polillas hacia la luz? Los científicos no tienen una respuesta clara a esta pregunta, pero existen teorías que afirman que las polillas (lepidópteros) utilizan la luz para orientarse. En la antigüedad, la luna y las estrellas les servían de balizas fiables, pero la aparición del hombre trastornó el entorno de la polilla con sus hogueras, lámparas, ventanas iluminadas, letreros luminosos y coches con faros que atraen hacia sí a estos lepidópteros. Según una hipótesis, cuando los insectos vuelan a una zona iluminada la perciben como un espacio abierto, a diferencia de la oscuridad restrictiva y alarmante: literalmente, vuelan hacia la luz buscando la libertad.         Aplicada a la fotografía, esta división entre luz y oscuridad se convierte en una metáfora autosuficiente del proceso fotográfico, mientras que las marcas pigmentadas de las alas de las polillas atraídas hacia la luz serían las copias en color.

En italiano, la relación entre luz y oscuridad se denomina chiaroscuro, una técnica utilizada en la representación pictórica desde el Renacimiento para resaltar el contraste y la interacción entre luces y sombras. En artes gráficas, el término claroscuro designa los dibujos sobre papel tintado; en pintura, la distribución compositiva de la luz en una escena; en el cine, filmar con poca iluminación; y en fotografía, el modelado tridimensional de los volúmenes al estilo de Rembrandt. En todos los casos, esta técnica del claroscuro puede compararse con las candilejas que presentan al público a los principales personajes de una obra, sacándolos de la oscuridad en la que esperaban su salida a la luz.

 El público está familiarizado con esta tensión que genera la anticipación, no solo porque está acostumbrado a tener que esperar en una cola constantemente, sino también porque ya existía en la tragedia griega. Descrita por Aristóteles como “miedo al conocimiento”, en latín recibía el nombre de suspensus. El conocimiento, o la “transición de la ignorancia al conocimiento”, como el paso de la oscuridad a la luz, es un hecho ya ensayado en nuestras vidas, pero al mismo tiempo desconocido, inesperado, el deus ex máchina. Por ello, el público moderno, que probablemente no padezca nictofobia, o miedo a la oscuridad, siempre intuye la presencia de un objeto o persona extraña en la zona de penumbra: un extraterrestre, un psicópata o simplemente los vecinos.

 Al salir del teatro después de una representación nocturna, es posible que el público sea incapaz de distinguir entre el escenario y el decorado urbano: la misma tienda, calle o farola se convierte en un aparato de iluminación que indica el área de los juegos de roles, la orientación y la libertad. Bajo las farolas, los amantes conciertan sus citas, mientras que los personajes tenebrosos evitan la luz. Ocasionalmente y de forma aleatoria, las caras de los transeúntes son iluminadas por estas ráfagas nocturnas y durante un instante resplandecen con la luz reflejada. Todo lo demás es oscuridad, incertidumbre, alarma.

 El apagón, la oscuridad total cuando la tensión se reduce a cero, nos deja en un estado de aterrorizado estupor. Y entonces aparece el principal personaje de la escena urbana, el “dios eléctrico de la máquina de la dinamo”, y con él llega un potencial diferente. La palabra “electricidad” se deriva del término griego que significa “ámbar” y, como todos sabemos, el ámbar cargado con electricidad estática atrae las motas de polvo, al igual que la luz se convierte en un imán para las polillas. El ámbar no es solo el color de la resina fosilizada, también es una luz que nos advierte de un peligro. Así que el mosquito que miles de años después acabó en la playa, atrapado en un trozo de ámbar, ya estaba avisado.

Cuando fotografiamos un pueblo costero por la noche surge una sensación definida de suspense que apenas tiene nada en común con las películas de suspense que tan bien conocemos y en las que el papel principal lo representa el montaje narrativo. Si excluimos la experiencia del espectador de un encuentro con lo desconocido, esto no tiene nada que ver con Hitchcock. La paradoja del suspense fotográfico reside en la ausencia de narrativa, a pesar del parecido externo de la película de fotografía y de cine. En estas fotografías, la información se atisba, pero no está totalmente expuesta. El espectador se ve obligado a hacer él mismo de improvisado director, a utilizar su imaginación para terminar de escribir el guión de la acción proyectada.

Las fotografías de Tim Parchikov nos traen a la mente la luz de una pantalla de cine que atrae a espectadores-polilla, una película de serie B, un thriller místico de principios de los 70 en la línea de ¿Quién la ha visto morir?, donde la acción tiene lugar de noche en una pequeña plaza veneciana, y a Caravaggio, el gran maestro de los efectos de luz, como en La vocación de San Mateo, donde el haz de luz que entra por la ventana simboliza la iluminación de la fe. Todo esto acompañado por el miedo a perderse en una ciudad extraña, la necesidad de superar el miedo infantil a la oscuridad. La banda sonora grabada para la exposición evoca el parpadeo de una lámpara fluorescente, la llovizna, el sonido de un tren lejano y, lo más peligroso de todo, una voz humana desconocida e indescifrable.

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