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Hay artistas que lo tienen todo para convertirse en leyenda y ese es posiblemente el caso de Mike Brodie, un adolescente americano que saltó a la fama como talento emergente después de compartir sus fotografías a través de las redes sociales y poco después cerró su perfil y dejó de hacer fotos. Su mérito, haber creado una crónica generacional que viene a ser el En el camino en imágenes de una generación de jóvenes americanos actuales.

Su obra se puede ver hasta el 17 de abril en Valladolid en la Sala Municipal de Exposiciones de San Benito en una muestra titulada Mike Brodie. Trenes y libertad en la que se recoge la obra de un fotógrafo vagabundo que narró la vida nómada de otros vagabundos juveniles estadounidenses que cruzan el país como polizones de trenes de carga. Él se subió a un tren de carga a los 17 años y recorrió 50.000 kilómetros. Empezó por casualidad a esa edad a realizar fotografías con una cámara Polaroid.

Historia turbulenta

Mike Brodie nació en Arizona en 1985. Su padre -que había pasado más tiempo en la cárcel que en libertad- le dijo que se había casado con su madre solo porque estaba drogado y bebido. Su madre trabajaba duro como cuidadora de ancianos y señora de la limpieza, de repente se convierte en creyente y deja de beber. Hace que bauticen también a Mike. Su abuela conducía un camión y era alcóholica. Su abuelo amaba las carreras de coches, y abusaba de él desde pequeño.

Con 17 años, Brodie decide huir de todo esto, y comienza a “saltar” sobre los trenes para cruzar los Estados Unidos a lo largo y ancho. Deja una especie de familia y encuentra una especie de tribu. La tribu es especialmente fotogénica, el tiene un talento natural. Desde 2004 a 2006 dispara con su Polaroid y firma como “the Polaroid Kidd” (el chico Polaroid). Cuando la compañía interrumpe la fabricación de películas, Brodie se compra una Nikon F3 por 150 dólares. Viaja 50.000 millas en los trenes y realiza 7.000 fotografías. Muchas de estas fotografías las regala a las personas que retrata, sobre todo las instantáneas, obras únicas, que son “donadas” en los trenes a sus amigos.

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Una trayectoria corta pero reconocida

Dos espléndidos libros (impecables según muchos expertos) publicados por Twin Palms en 2012 y en 2014 le dan a conocer a críticos y coleccionistas. Libros áridos, imágenes sin título, pocas palabras escritas por el mismo autor, con un estilo sincopado que concluyen con una duda absoluta “no estoy seguro de querer que alguien lea todo esto”. Cuenta anécdotas de su vida, aquellos detalles que le han convertido en lo que es: “Encontré un trabajo, que consistía en llenar las bolsas de la compra para los clientes de una tienda. Gané un concurso de diseño en mi escuela, y una competición de bici BMX. No me gustaban las chicas hasta que conocí a Savannah. Ella era punk. Perdí mi virginidad. Después perdí mi trabajo, me echaron del instituto, dejé de creer en dios. Me arrestaron por pintar graffitis.”

Fotógrafo de vocación —aunque él prefiera afirmar que solo se trata de un hobby—, Brodie ganó en 2008, con 23 años, el Premio Baum para Fotógrafos Emergentes de los EE UU y su obra forma parte de las colecciones permanentes de varios museos de la llamada primera división.

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