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Unas 230 fotografías, cámaras, agendas y tomos de su monumental diario se muestran hasta el 3 de octubre en el CaixaFórum de Barcelona, en la primera gran exposición antológica dedicada en España al francés Jacques Henri Lartigue, quien desde su más tierna infancia retrató todo lo que le hacía feliz y le parecía bello.

Nacido en 1894 en el seno de una familia acomodada de la burguesía, Lartigue está considerado hoy uno de los grandes nombres de la fotografía del siglo XX y pronto, a partir de los ocho años y hasta los 92, cuando falleció, convirtió la cámara en una prolongación más de su cuerpo.

Según el comisario de la muestra, Florian Rodari, la máquina le ayudaba a “retener” los momentos felices, ante un miedo atroz a que todo su mundo desapareciera de un momento a otro.

Rodari, junto con Martine d’Astier de la Vigerie, han planteado esta monografía, que bajo el título de “Un mundo flotante” podrá verse hasta el tres de octubre, no siguiendo criterios cronológicos sino por ámbitos: El paso del tiempo; Una mirada moderna; La velocidad; La ligereza; La belleza femenina y En busca de lo desconocido.

El comisario ha rememorado que, igual que muchos artistas japoneses, el artista de Courbevoie presenta en sus trabajos un mundo “flotante”, de vida activa y dinámica, pero fugaz.

Para Rodari, el secreto de su mirada se basa “en la incertidumbre y las dudas respecto de la realidad” y en que “sentía una amenaza por la desaparición, por la finalización del placer, por la muerte”.

A su juicio, hay en toda su trayectoria una “relación obsesiva con la felicidad, puesto que, ya de joven, no quiere que se acaben las vacaciones, los juegos o que mueran sus padres”.

Sin embargo, también advierte de que su mundo “no es tan sencillo y feliz como podría parecer de entrada” y remarca que “a la vez que las imágenes le ayudan a retener los momentos de felicidad son también una sombra”.

Siempre desde la intuición y nunca desde la premeditación, Jacques Henri Lartigue fue construyendo desde 1902 sus álbumes de fotografía -en total se calcula que realizó 100.000 instantáneas- en las que tanto refleja, muy a principios del siglo XX, a su madre y a su abuela, como a su hermano, y ya, posteriormente, a sus numerosas mujeres.

De hecho, los comisarios destacan que hizo de la fotografía “el instrumento de su memoria”.

Tampoco se olvida en la exposición la fascinación que le provocaba la velocidad, como lo constatan los numerosos coches plasmados, el agua, los deportes o el mayor sueño que tuvo de joven, volar.

Todo lo nuevo le llamaba la atención y en esta muestra, con unas 180 copias modernas de sus fotografías originales, los comisarios no podían obviar sus copias estereoscópicas, de las que ahora se exponen un total de 18.

Entre los años 1902 y 1928 realizó cerca de 5.000 negativos estereoscópicos, que le permitían “restituir la realidad y captar el movimiento”.

Por otra parte, tal y como se refleja en la muestra, Lartigue descubrió a los 17 años los procedimientos de la fotografía en color (autocromos), que le abrieron nuevas perspectivas, aunque en el año 1927 la imposibilidad de tomar instantáneas en color lo desanimó y la acabó dejando de lado.

Martine d’Astier de la Vigerie ha coincidido con Rodari en que el francés nunca estuvo interesado de forma teórica por la fotografía. “Fotografió siempre con mucha intensidad, sin pensar que después otros verían su obra y la comentarían. Era una experiencia vital, su miedo a perder la felicidad”.

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