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A lo largo de treinta años, Alberto García-Alix (León 1956) se ha concentrado en fotografiar su pequeño mundo. No es, por supuesto, la suya una obra introspectiva porque ese mundo propio está construido a base de amigos y colegas que crean una característica comunidad que él fotografía con una maestría muchas veces teñida de ternura. La dureza de las chupas y las tachuelas, de los tatuajes y los chutes se transforma en el blanco y negro de García-Alix en una oda a un mundo que nació para morir, porque es el mundo de jóvenes que llevan muchos años siendo jóvenes. Sin embargo, dicho esto, hay que aclarar que las obras de este artista no reflejan tendencias ni se quedan en el aspecto superficial del atuendo o de la moda. La maestría de García Alix consigue que su obturador capture el alma que cada personaje lleva tatuada en su piel. Es una obra llena de sentimiento y de verdad, antitética del voyeurismo con el que tantos otros han visitado ese mismo mundo.

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