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En el abismo pero no cerrada, esa es la situación en la que está Kodak después de que solicitara ayer la declaración del estado de quiebra voluntaria para la matriz y sus filiales estadounidenses. Esta iniciativa le permite acogerse a la Ley de Quiebras de EEUU y con ello reorganizar sus actividades con menor presión de los acreedores.

La compañía de Rochester, al norte del estado de Nueva York, ha llegado a ser un gigante y su nombre está más unido a la fotografía en la mente de la mayoría de los mortales que el de los propios padres de la técnica como Fox Talbot, Niepce o Daguerre. Durante más de un siglo Kodak fue fotografía.

El verdadero hallazgo de George Eastman, el fundador de Kodak,  fue de marketing: fabricar cámaras de cajón con un rollo de 100 fotos que mandabas a la compañía cuando se acababa el carrete. Ellos te devolvían las fotos reveladas y la cámara lista para usar nuevamente. Claro que para eso, primero tuvo que inventar la película sobre soporte flexible que daba viabilidad al concepto del carrete frente a las placas de cristal que hasta entonces se usaban.

La tecnología es una bestia que devora a sus propios hijos y en este caso se da la paradoja de que fue un ingeniero exempleado de Kodak, Steve Sasson, quien inventó la cámara digital, el germen de todos los problemas de la otrora omnipotente compañía. Su imperio duró lo que duró el carrete.

Ahora la compañía, que es rica en patentes, tiene que tratar de reorganizarse, vender activos (patentes entre ellos) e intentar poner sobre el papel y en la práctica un plan de negocio que le permita seguir existiendo, eso sí lejos del esplendor de otros días. Esta triste sinfonía fúnebre, le ha tocado dirigirla a un español, Pedro Pérez, que es y va a continuar siendo, el presidente de Kodak.

En un ámbito mucho más cercano, fruto de la evolución tecnológica y las costumbres, hemos visto cómo han ido desapareciendo los estudios en todos los barrios y ciudades y también cómo se han cerrado la inmensa mayoría de las tiendas de fotografía profesionales. En Madrid, mi ciudad, Jorge Domenech fue durante décadas la tienda de referencia de los profesionales y el año pasado echó el cierre como lo hicieron antes algunas otras del pequeño ramillete de las dedicadas al sector profesional.

 

 

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